En más de una ocasión he hablado sobre la flexibilidad en la programación, y estoy seguro de que seguiré hablando de ello. Hoy viernes se ha vuelto a presentar la ocasión y, la verdad, me ha venido genial: he compartido con Criss siete kilómetros de campito —ella en bici y yo corriendo— antes de entrenar en la pequeña tarima que he montado en casa.
Esos kilómetros de hoy me han venido de lujo para descargar las piernas. Cierro de lunes a viernes con 55 kilómetros en total, con la vista puesta en una programación específica para este puente de octubre (de la que ya te iré contando en estos días). Pero sí, es verdad: al haber corrido justo antes de entrenar fuerza, algunos levantamientos no han salido como me hubiera gustado.
Hasta los 55 kilos de arrancada todo ha ido genial. Pero las dos series de una repetición con 58 kilos… uff. Una se me ha ido hacia delante y la otra, bueno, ha entrado, pero no con la finura que yo quería. Es lo que hay: cuando corres antes de levantar, el glucógeno muscular vuela y la chispa se apaga.
En el dos tiempos las cosas no han ido mucho mejor. Hasta los 68 kilos bien, pero otra vez atrancado con los 72. Aunque han entrado, el segundo dos tiempos se ha quedado en solo cargada; el jerk ni ha podido ser.
¿Y qué pasa cuando un entrenamiento no sale como esperas? Pues no pasa nada.
Es solo un entrenamiento más. Sabes perfectamente que la causa principal ha sido cambiar el orden de las sesiones y que habrá otro día para sacarlo mejor. Además, el día de la competición llegas fresco y la adrenalina te devuelve esa chispa que el rodaje previo te quita.
Sea como fuere, hoy ha sido un día fantástico: siete kilómetros al sol y una sesión de fuerza en la mejor compañía. ¿Qué más se puede pedir?
